Homenaje
Posteado en en 12:51 AM por Krisma Mancía
Este sábado 28 de abril, en la Luna, Casa y
Arte, a partir de las 7:00 pm; no te pierdas el homenaje dedicado al
querido y reconocido escritor salvadoreño: " Rafael Menjívar Ochoa", con
motivo del primer aniversario de su fallecimiento.
En este homenaje habrá un conversatorio sobre el escritor, en el que participarán el editor francés y traductor de la obra de Menjívar, Thierry Davo; el actor Leo Arguello; el historiador Rafael Guidos Bejar; el escritor Roberto Laínez; y los periodistas Laffitte Fernández y Hugo Martínez Tellez.
También se realizará una presentación de videos hechos como parte del trabajo de La Casa del Escritor, una lectura de textos de Rafael Menjívar Ochoa y música jazz con Jam Session
En este homenaje habrá un conversatorio sobre el escritor, en el que participarán el editor francés y traductor de la obra de Menjívar, Thierry Davo; el actor Leo Arguello; el historiador Rafael Guidos Bejar; el escritor Roberto Laínez; y los periodistas Laffitte Fernández y Hugo Martínez Tellez.
También se realizará una presentación de videos hechos como parte del trabajo de La Casa del Escritor, una lectura de textos de Rafael Menjívar Ochoa y música jazz con Jam Session
Texto y serie de fotogafías gracias a Secretaría de Cultura
los días son más lluviosos que abril
Posteado en Krisma recuerda, Krisma sensible, Letras krismicas en 12:54 AM por Krisma Mancía
vuelve a intentarlo en otro momento
vuelve en abril
vuelve a mirarme pasar en aquel café
pero vuelve
quién iba a imaginar que llegaría desnuda y verde a tus ojos
a ese beso
a esa caricia lejana en mi espalda
quién iba a imaginar que me quedaría en tu cama
que te contaría de los amantes que no tenía
vuelve de tu abril
mira que los pétalos de mi cara
se marchitan
que el sol es despiadado conmigo
mis piernas no me quieren
la sonrisa no es mía sino del tiempo
vuelve a decirme que me amas como la primera y última vez
pues la vida no tiene segunda parte
Sábana blanca
Posteado en color personal, cosas krismáticas, Krisma recuerda en 9:52 AM por Krisma Mancía
Tengo recuerdos muy vagos de la guerra. Recuerdos personales. Casi estampitas de colección que forman parte de mi infancia mínima, como esas fotografías en blanco y negro que ahora cuelgan en los museos conmemorativos. La fotografía quedaría así: mi padre colocando una bandera, hecha con una barrilla y una sábana blanca, en el balcón de la casa. Yo le pregunté por qué usaba nuestra única sábana blanca y él respondió que era un símbolo que nos protegería para que no nos mataran, que eramos ciudadanos, gente de paz. Y las balas zumbaban cerca de mi nariz y desde el balcón podía ver a un "muchacho" esconderse detrás de un árbol de mangos y deslizarse con un fusil. Pero creo que mi bandera improvisada no lo protegió de la bala que le esperaba al final del pasaje.
Todavía me pongo en alerta cuando los aviones y los helicópteros pasan. Es difícil controlar el reflejo que se nos enseñó para esconderse debajo del pupitre, de la cama o de la mesa. O salir corriendo para buscar un lugar seguro, posiblemente debajo de las faldas de mi madre que siempre sabía donde ocultarnos de las ráfagas ciegas de las balas. Porque jamás olvidaré la bomba que estalló en la cocina de una casa vecina. La bomba tenía el objetivo de liquidar a una barricada de "guerrilleros" ubicada a unos 10 metros más allá, pero el error humano hizo que una anciana muriera, y recuerdo a todos los vecinos tratando de derribar su puerta y de apagar el fuego con el agua que sacaron (con cubetas, guacales y cántaros) del tanque de mi casa.
Tampoco olvido el día en que mi padre se derrumbó en la gradas de la casa, ocultó entre sus manos callosas su cara y se puso a llorar, diciendo que todo estaba perdido y que nos iban a matar. Fue el día en que los muchachos desocuparon nuestra casa (donde habían comido tortillas y frijoles que mi madre preparó por última vez para ellos) y se fueron a combatir con la promesa de regresar "hasta la victoria siempre". Nadie regresó. Mi padre dijo que los habían matado. ¿Y los niños?, pregunté, y nadie me contestó. Horas después los militares entraron y ocuparon nuestra casa como centro de vigilancia. Luego supe que se había cavado una fosa común a los pies de un conacaste y que allí enterraron a los niños, las mujeres y los hombres que comieron en nuestra mesa, durmieron en nuestras hamacas y oyeron con nosotros Radio Venceremos con una sed y una esperanza que jamás he vuelto a ver en mi vida. Jamás.
Los militares no pidieron comida. Ellos llevaban latas norteamericana que calentaban en fogatas improvisadas en el jardín. Supe que eran norteamericanas porque un soldado sacó de su enorme mochila unas latas y las etiquetas estaban en inglés. Mi madre dudaba en aceptarlas, pero teníamos varias semanas sin probar carne. Nunca olvidaré el sabor de esa carne que se devora con hambre. El hambre hace que todo sea delicioso.
Mi padre decía en familia (y en secreto) que todo acabaría como en Nicaragua, pero cuando eres una niña no entiendes bien la palabra "revolución" y no entiendes cuál es el sonido de la victoria, ni el color de la fe. Para mí era común escuchar palabras extrañas como reclutamiento, masacre, francotirador, escuadrones de la muerte, represión... Estaba acostumbrada a los apagones de la energía eléctrica, a despertarme en horas distintas de lo habitual porque el presidente de la república se le ocurría cambiar horarios cada cierto tiempo, a estar en casa antes de los toques de queda, a bajar la mirada cuando los militares cateaban mi casa--sólo mi casa--, y le preguntaban a mi madre sobre los uniformes que mi padre usaba como empleado de la desaparecida IRA (Instituto Regulador de Alimentos).
Un domingo me levanté con la leve sospecha de que mi madre estaba nerviosa. En efecto, minutos después mi padre le confirmó que en el punto de buses habían sido quemadas varias unidades y que habían logrado matar a algunos de los "muchachos" pirómanos. Mi madre preguntó con ansiedad: ¿Y Guayo?. Mi padre negó con la cabeza. Guayo, mi tío, no estaba entre los caídos. Mi madre suspiró aliviada. (Y muchos años después entendí porque a mi tío le temblaban las manos.) A mí no me bastó con el relato de ese incidente y le rogué a mi padre que me llevara a ver los "muertos". Él bromeó con que me llevaba. Abrió la puerta y me advirtió que si iba tenía que ver sangre, sesos en el suelo, miembros desmembrados y posiblemente reconocer a uno de ellos. Me ganó el asco y el miedo, y dejé de mostrarme valiente. Mi padre se rió. Aún dudo, si él hubiera sido capaz de llevarme a ver los muertos en ese momento. ¿Quién sabe? La gente empezaba a ser insensible y cínica. Tan insensible y cínica que podían darse el lujo usar ropa civil, subirse a un carro particular y rociar con balas un bus en movimiento para dejarlo como colador. No importaba que las sangre que saliera de allí fuera inocente. Lo importante era causar miedo, tal vez divertirse, gastar balas, probar puntería, dejar claro de que estábamos en guerra y de que eso no lo debíamos olvidar.
Nunca vi un muerto en la calle. De eso estoy segura. Mi madre tuvo el cuidado de cubrirme los ojos en el momento preciso, sin embargo fue difícil taparme los oídos. Y aunque no miraba los muertos en la calle, imaginaba las escenas: la muchacha que encontraron a la orilla de un río, desnuda, violada y con los senos mutilados; las cabezas que dejaban en los puentes; las ratas de las cárceles clandestinas; los hombres sin piernas ni brazos y con papeles en la boca (o carteles colgados en el cuello) que decían: "por guerrillero", que se dejaban aquí y allá como grotescas obras de arte.
Han pasado veinte años desde que las balas dejaron de zumbar cerca de mi nariz. Tenía 11 años cuando se firmaron los Acuerdos de paz. El año de 1992 empezaba con el silencio de las armas y mientras miraba por televisión el momento histórico que marcaría lo que significaría vivir en paz, yo me preguntaba cuánto tiempo duraría ese silencio, si lograríamos olvidar, si podíamos regresar a los desaparecidos... No sabía cómo sería vivir en paz o si eso mejoraría (o empeoraría) nuestra condición de familia obrera. Le dije a mi madre que cuando creciera sería corresponsal de guerra y que viajaría a lejanos países en búsqueda de la verdad y de la bala que me mataría en el cumplimiento de mi misión. Años después, mi madre me preguntó si todavía tenía la intención de ser periodista. Le recordé que mi padre había colgado una sábana blanca en el balcón como símbolo de paz. Y sé que aun es difícil vivir en una paz relativa con tantas heridas abiertas, con tanta miseria, con tantas promesas sin cumplir... Sé que seguimos luchando, porque construir sociedades cuesta más que destruir.
Imagen: "Niña en el balcón", del pintor Gustavo Poblete
Te abrazo...
Posteado en krismica en 6:39 PM por Krisma MancíaMercy, la que siempre está allí cuando me caigo,la confidente de mis malos días, la que me empuja cuando no sé qué hacer.Ella es la que me escucha, la que lee mis poemas sin cuestionarme,la que dice lo que piensa, la que me enseña nuevos caminos,la que llora junto a mí y me hace sentir bien, la que se escapaa tomarse un café conmigo para arreglar un poco el mundo,la que me extraña y con la que no paramos de reír.Ella es Mercy, la que sabe que soñar y disfrutar de los pequeñosdetalles de la vida son placeres que hay que probar,la que nunca se da por vencida, la que ama con todo el corazón,la que sonríe y hace que la tierra se prolongue de rosa en rosa.Mercy, mi amiga. (¿Cuánto tiempo tenía sin decir que tengo una "amiga"?)
Fin
Posteado en Imágenes Krismáticas, misión cumplida en 11:27 PM por Krisma Mancía
Los finales son inevitables y tengo muchos finales para este año: la lluvia, la luna y las palabras que hacían crecer nuestro jardín, los libros que me diste para custodiar, el tiempo preciso para morir y la burbuja limpia e ingenua que se me diseñó para ser feliz.
Tengo cosas que se quedan conmigo. Tengo los pies enfermos de frío que me regalaste y la boca mía que te besó. Tengo otros nombres. Tengo otros dobleces. Mis viejos vicios para dormir. Mis grietas. Un talento que se reconstruye, se moldea, se transforma cada día. Una hija donde miro el brillo de mis ojos. Un par de buenos amigos. Cinco sueños que realizar.
Tengo mucho que agradecer: despertar cada mañana con una nueva idea, con un nuevo motivo para ir a trabajar. Ver crecer a Valeria con esa gran sonrisa cuando me dice un chiste muy malo. Tengo un par de poemas nuevos en el tintero que algún día verán la luz. Una tropa de nuevas amigas que, aunque no me comprendan del todo, contestan mis llamadas telefónicas, me consuelan, me protegen y me alientan a dejar la tristeza en un rincón. Tengo un trabajo que me hace soñar y tengo la vida para hacer realidad algo de ese sueño.
Tengo muchas cosa que aprendí. Por ejemplo, que a veces hay que abordar un bus, huir del país y escapar de los ciclos, y luego regresar con la cabeza vacía. También aprendí a caminar entre lobos y tener un bajo perfil para dejar que otros puedan crecer conmigo. Me demostré que el sol brilla cuando se me antoja. Escuché con atención y tuve paciencia, aunque eso significaba tener la boca bien cerrada y morderme los labios. Aprendí nuevos valores, nuevos lenguajes, nuevos conceptos. Hice lo que creí correcto: me enfrenté a la realidad y a sus consecuencias, y sonreí... siempre sonreí, aunque al miedo no le gustara mi sonrisa. Y lo más importante: No te olvidé y caminé con frente en alto.
Misión cumplida, cariño.
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